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La tragedia de la colilla

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Primero oyeron la ráfaga del coche, que pasó a toda velocidad pegado al arcén de la autopista. Luego, el chasquido. Siempre se oía el mismo chasquido antes de que, por efecto de la velocidad y el impacto contra el asfalto, una nueva colilla terminara junto a ellas.

Siempre llegaban igual. Mareadas, doloridas y chamuscadas. Algunas, incluso, aún humeantes. A estas alturas ya había más de 200 colillas arremolinadas tras el arcén, bajo uno de los puentes, en un recoveco contra el que las empujaba el viento. Ahí quedaban sin fuerzas ni punto de apoyo para seguir rodando…

Su mayor entretenimiento, al oír el chasquido, era aportar si sería de tabaco negro o rubio. O de liar, en los últimos meses, que la crisis había hecho estragos hasta en los fumadores empedernidos. Pero la nueva colilla venía dicharachera, con ganas de hablar y de preguntarles una obviedad: ¿cómo habían llegado allí?

Al cabo de quince minutos ya sabía de su aburrida existencia, de las apuestas por la llegada de una nueva colilla y de que lo más que les aterraba era la llegada del invierno y las lluvias, que terminaría por desbaratarlas y arrojarlas a la ladera del barranco.

¡Eso no es nada!, dijo con osadía la colilla recién llegada. Según contaban en el cartón donde vivía, una de mis bisabuelas se despidió a lo grande.

¡Cuenta, cuenta!, le dijeron las demás al unísono. Por fin una historia nueva.

Pues bien, según contaban, mi bisabuela iba en un coche por La Orotava, ya que los que fumaban eran muy de salir los domingos a comer por el Norte. Ese día, a la vuelta de la comida y en una curva cerrada, su Fumadora arrojó a mi bisabuela por la ventanilla. Hizo como yo, dio dos tumbos en el asfalto, pero tuvo la suerte de rodar hacía unos matorrales y prenderlos para no pasar frío por la noche…

¿Y lo consiguió?, preguntaron ansiosas las colillas de la autopista.

¡Vaya si lo consiguió!, respondió la nueva. Ardió medio monte. Claro que al final quedó calcinada, como los arbustos, los lagartos, los insectos, los pájaros y los árboles a los que llegó el fuego. En mi familia es como una heroína. Pero me temo que nosotras –recapituló con tristeza- nos vamos a morir de asco aquí, junto a la autopista, hasta que la lluvia nos arrastre barranco abajo…

Fábula el lagarto y la botella de Anaga

El lagarto y la botella

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Un lagarto que correteaba por el fondo de un barranco en Anaga se tropezó de repente con una botella de plástico verde atrapada bajo una piedra.

¿Qué haces ahí?, le preguntó el lagarto.
– Ya ves, respondió la botella, medio aplastada por esta piedra que casi no me deja respirar…
¿Y cómo llegaste hasta aquí?, inquirió el lagarto, más interesado en el recorrido que había hecho la botella que en su estado…
– Un excursionista. Se bebió todo lo que llevaba dentro y me tiró por la ladera. Estuve dando tumbos hasta llegar al fondo, magullada, reseca y sin el tapón, que se perdió en la bajada.
¡Uf, debió de dolerte!, exclamó el lagarto…
– Sí, admitió la botella verde, pero eso no fue lo peor. A la semana un escarabajo se metió dentro y el pobre casi se muere antes de encontrar la salida. Y luego vinieron las hormigas, entrando y saliendo todo el tiempo para llevarse pequeñas hojitas y otras fruslerías que se habían acomodado en mi fondo; casi me muero de las cosquillas que me hacían.

El lagarto, compungido, seguía con atención el relato de la botella verde.

– El verano fue lo peor. Con el calor creí que iba a derretirme y me daba pánico provocar un incendio porque, a esas alturas, ya me había hecho un montón de amigos pequeños que venían a consolarme o a entretenerme, o, como tú, a escuchar mi triste historia.
¿Y qué vas a hacer?, preguntó el lagarto entristecido.
– No puedo hacer nada. Moriré lentamente aquí, en el fondo del barranco. Seré una escoria que estorba. Vete tú a saber si algún animalillo se me morirá dentro por no poder salir.

Entonces, la botella se puso a llorar desconsoladamente. El lagarto no sabía qué hacer para calmarla y no atinaba a darle ánimos.

– No desesperes, le dijo. A lo mejor alguien te encuentra y te recicla.
¿A mí? ¿Qué se puede hacer con una maltrecha botella verde de plástico?
¡Un bonito cactus!, contestó resuelto el lagarto. Y por primera vez, la botella esbozó una sonrisa con la media boca que no le aplastaba la roca.